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| Jorge Báez frente a una de sus obras. |
La informalidad del collage, la instalación y el kitsch no queda varada en laberintos repetitivos, que se han convertido en verdadero eslogan de actualidad fingida; sino que desde un punto de vista metafórico evoluciona hacia estadios superiores a la hora de concebir el lenguaje estético […]
Elías Henoc Pernut
Hemos llegado a un momento del arte cubano y universal, en el que se cuestionan y redefinen conceptos teóricos; el fin de la obra como singularidad, por ejemplo, según la tesis de José Luis Brea:
No hay obra singular que pertenezca por derecho propio a este tiempo. O habita tiempo prestado, y habla entonces al oído de otras épocas —no le dice a la nuestra nada que esclarezca y saque a la luz la problematicidad de sus propias condiciones de representación.1
Estos cambios y nuevos estudios traen aparejadas contradicciones, especialmente en nuestro contexto. Algunos artistas se pronuncian a favor; los más conservadores apuestan por no aceptar la renovación y otros, bajo el principio de reivindicar el pasado por medio del presente, aceptan nuevas formas de expresión propias. Así llegan las obras de Jorge Báez González al 2008, habanero de nacimiento y moronense por adopción.
La exposición personal Biografías Colindantes, inaugurada el 17 de octubre en la sala «Enrique Sosa» del Museo de Artes Decorativas de Ciego de Ávila, agrupa tres períodos de su creación. Báez, al vivir diferentes momentos históricos en los que ha modificado su obra constantemente, busca soluciones que aportan nuevos aires a su propuesta. Tocado en gran medida por los años ´80 en Cuba, se desplaza hacia sitios propios que lo separan del resto y a su vez lo unen al propio discurso emanado de la contemporaneidad, al conflicto interior con el medio social y a la ciudad como exponente de la contradicción humana.
La estética del boom de los ´80 constituye un momento cumbre en su obra. Período de la plástica cubana que Báez asume con una fuerza de expresión significativa. En respuesta a la propia realidad social que le atañe como a otros artistas, halla la manera de diferenciarse y fortalece su discurso.
[…] Sus obras potencian, mediante las posibilidades del arte, preocupaciones y puntos de vista del pueblo que escuchamos a diario en la calle. […] En Cuba la plástica bajó el último escalón de la Torre de Marfil, pero se montó en una guagua. Allí suda, empuja, maldice, ríe, avanza llevando adelante un cuestionamiento crítico muy serio de problemas de nuestra realidad que, aunque se tocan en los pasillos, de rareza han traspasado la oralidad para discutirse públicamente con todas sus letras.2
Báez, artista reflejo de su tiempo, apuesta por una intención crítica e irónica, apoyada en lo social, desde la cual se nutre con renovadas fuerzas. La poesía traducida en mordaz realidad nos remite indiscutiblemente a su obra, una metáfora feroz que va más allá de bellas imágenes, que se acerca con mirada irreverente al desperdicio de la ciudad, las carencias, la incomunicación. El ruido traspasa la verdad como símil de decadencia, la miseria a instancias superiores, la basura que ocupa el lugar de la esencia humana en su estado más puro.
Esta etapa es una de las más prolíficas en su creación, con múltiples exhibiciones dentro y fuera de Cuba. La exposición Papeles en la galería «Dubnica», Bratislava, Eslovaquia en 1987; o el Salón Internacional de América Latina y el Caribe «La Joven Estampa», en Casa de Las Américas ese mismo año; son solo ejemplos.
Críticos como Gerardo Mosquera y Jorge Ignacio Domínguez han atendido su obra, situándola en un escalón importante de la plástica cubana. Exposiciones importantes como Huella (1981), se recogió en Antología de la crítica de los ´80, como una de las más significativas de esta etapa.
Obras como «Mundo tranquilo» (1987), muestran la ironía y la estética de estos años. Lograda a partir de la expresión ilimitada de códigos abstractos, responde al interés del artista por ese tipo de lenguaje que parte de la síntesis.
Durante los años ´90 continúa utilizando la abstracción con recursos más experimentales («Apagón», 1990, instalación donde confluyen el collage y el objeto tridimensional). El empleo de nuevos recursos expresivos es de gran importancia para el artista y se desplaza, sin miramientos, de lo bidimensional al objeto tangible, en su obra « […] la emergencia de una pintura objetual que tiende delicados puentes hacia la instalación». 3
Época donde la ironía se muestra constante en su obra. El período especial señaló la crisis económica y lo impulsa, como a otros artistas, al empleo de nuevas herramientas para continuar creando sobre su nueva situación: cuestionar, señalar y demandar; llamando a la erradicación y solución de lo negativo a través de la burla, la parodia o la realidad más objetiva, provocando que se coloque: «así a la vanguardia del pensamiento y la actitud intelectual».4
Sus obras más recientes fluyen entre lo social y político, convergen en un contexto anterior, pero que no deja de parecerse al actual, una vuelta al pasado con mirada nostálgica. «La ciudad ruge, aúlla, gime y rechina» (2006), vierte ese discurso de manera particular a partir del abstracto, toma elementos referentes de otros artistas y movimientos; donde es imposible no encontrar alusiones al informalismo y el pop, con reminiscencias kitsch.
De esta manera en la obra de Jorge Báez confluyen historia, tiempo y realidad, con la vida y la ciudad siempre presentes, rasgos que en fin lo caracterizan. Temas, musas, pretextos de una generación de artistas marcados por la separación, los sueños, los «ruidos» y que de una manera u otra han realizado también, cada uno en su discurso, desde su rincón de ciudad, sus biografías colindantes.
1 José Luis Brea: «La obra de arte y el fin de la era de lo singular», Arte Cubano, no. 1, La Habana, 2005, p. 57.
2 Desiderio Navarro: «La retroabstracción geométrica: un arte sin problemas: es solo lo que ves», Déjame que te cuente. Antología de la crítica en los ´80, Ed. Arte Cubano, La Habana, 2002, p. 216.
3 Nelson Herrara Ysla: «Otra vuelta de pinturas», Reflexiones de tanto mirar, Ed. Ávila, Ciego de Ávila, 2004, p. 113.
4 Nelson Herrara Ysla: «A vuelo de pájaro, entre dos siglos», op. cit., p. 43.